miércoles, marzo 21, 2007

INDIGNARSE FRENTE A LA OFENSA

Neoliberalismo y Justicia Social
Por Manuel Jacques P.

Durante las últimas décadas, principalmente en los períodos de dictaduras militares, el pueblo latinoamericano se ha visto sometido al arbitrio de violentas e injustas decisiones que lo han vejado en su autonomía personal, como en su capacidad de expresarse como alma colectiva.

De allí que la vuelta a sistemas de elecciones parlamentarias, encontraran a los pueblos dormidos, sin protagonismo y apelando a la secreta ilusión de que los nuevos gobernantes se hicieran cargo de terminar con la humillación de haberlos invisibilizados por tanto tiempo como sujetos.

Pero no fue así y los nuevos hombres y mujeres del poder terminaron por pavimentar y fortalecer el modelo neoliberal de exclusión, desigualdad y de colonialismo cultural. Han sido los operadores impensados, porque a nombre del socialismo y la democracia han reproducido fielmente el deseo de los ideólogos del individualismo, de la indolencia y de la apropiación de grandes empresarios transnacionales para concentrar la riqueza a favor de unos pocos y generar el empobrecimiento de muchos.

El paradigma de la dominación sigue siendo el mismo. Antes, la gran tensión de América Latina era entre dictadura y democracia, hoy es entre autoritarismo y participación social. Porque si bien, no vivimos bajo la amenaza del poder de las armas, se sigue excluyendo y los que vivencian las situaciones de necesidades concretas, las organizaciones sociales, la sociedad civil no son consideradas para la toma de decisiones. No existe participación. En el caso de Chile como nunca la sociedad organizada no decide. Las mismas elecciones mediante el insólito y antidemocrático sistema binominal, la comunidad no elige sino que ratifica a los candidatos previamente designados por los partidos políticos.

Se ha ofendido y se ofende gravemente al pueblo cada vez que no se le otorga su reconocimiento de voz soberana. Se ha establecido un sistema que lo niega como sujeto y que le desconoce su legitimidad como actor ciudadano para decidir en las diversas instancias a nivel local, regional y nacional. No hay consultas ni plebiscitos, ni menos aún la posibilidad de establecer presupuestos participativos, ni controles colectivos a las autoridades, ni contralorías públicas, ni menos la capacidad de revocar el mandato de aquellos que usando el cargo de representantes populares actúan con grave falta ética del sentido de sus tareas. Se esconden en leyes injustas y justifican su arrogancia autoritaria diciendo que los plebiscitos no son legales ni vinculantes, cuando saben perfectamente que la Constitución como lo es en el caso de Chile es una herencia ilegítima de la dictadura militar.

Se ofende al pueblo cuando los recursos y las riquezas de toda la nación se distribuyen de manera escandalosa y vergonzosa y cuando grupos del poder se apropian de ella para beneficios particulares. La corrupción actúa desde las sombras, por eso requiere del espacio invisible de la ausencia ciudadana.

El autoritarismo en los países latinoamericanos se expresa a veces de manera ruda y a veces de manera amable, pero siempre es autoritario. No le gusta la democracia participativa. Cree en la desconfianza y sospecha de todos, especialmente de los más pobres. Cree que hay que proteger a unos de otros y diseña ciudades donde hay sectores civilizados que viven en fortalezas amuralladas a los que hay que defender de los salvajes que viven en los sectores marginales. Por eso prefiere el sistema de control, de vigilancia y del castigo.

La ofensa está en el centro del conflicto de nuestros pueblos, es un conflicto moral y es el imperativo ético que fundamenta la resistencia a este sistema de dominación. Pero para resistir hay que despertar. Los informes de Naciones Unidas sobre desarrollo humano, revelan que la capacidad de reclamo de los ciudadanos es baja. Los pueblos no creen. Piensan que no serán escuchados y que al final todo seguirá igual.

Por eso son tan importantes los resultados políticos que en este último tiempo ha habido en América Latina. El triunfo de Daniel Ortega en Nicaragua se une al que antes obtuviera Evo Morales en Bolivia, el Frente Amplio con Tabaré Vásquez en Uruguay, Chávez en Venezuela. La aprobación de Naciones Unidas del voto contra el bloqueo a Cuba, es histórica. El más masivo, 183 votos contra 4 y 1 abstención. Hay nuevos aires en el continente, de eso no hay duda. Hay que despertarse para unir a los dispersos y para organizar la esperanza.

La eficacia de la dominación reside en generar dos efectos perversos a nivel de los pueblos. El primero, dirigido para que el pueblo se resigne. Que acepte el orden de las cosas como dadas, incambiables y permanentes. Que los pobres sean pobres. Que los cesantes sean cesantes. Que la desigualdad es la realidad. Que hay que esperar que el país crezca para que así de a poco vaya alcanzando a los más necesitados. Que no es necesario reclamar y que hay que confiar en los gobernantes. Es, podemos decir el efecto de la sumisión. Para manejar el poder se necesita al pueblo y a sus ciudadanos sumisos, sometidos. El segundo efecto, está dirigido a manipular conciencia, a domesticar, a generar en los otros, en este caso en el pueblo mismo, el deseo del dominador. Se trata de que los ciudadanos tengan las aspiraciones que el poder quiere que tengan. Que consuman y consuman. Que sientan que son valorados no por sus singularidades ni por sus identidades colectivas sino porque se conducen como se espera de ellos. Como obedientes hiperconsumidores, individualistas, competitivos y desconfiados.

Ha llegado el tiempo de torcer la mano a estos efectos. No más resignación. No más manipulación de conciencia. Dar espacio a la indignación frente a la ofensa. La ética de la resistencia por la dignidad es el horizonte que abre el camino a la esperanza. La construcción hacia nuevas democracias participativas que se asoman en la Región debe ocupar nuestras energías. Es posible levantar la voz con propuestas concretas a niveles locales donde se trabaje por lo comunitario y desde donde se reclame el legítimo derecho de decidir. Cada vez son mejores las condiciones para avanzar en esa dirección. La tarea social por la unidad y la organización es nuestro imperativo ético para trabajar por la democratización y por la emancipación social de los pueblos latinoamericanos.

Revista "Reflexión y Liberación"  Nº 71